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Ucrania: Espacios de esperanza y sanación para los niños de Pokrov

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Con el inicio de los ataques bélicos en Ucrania, la psicóloga Alona Liashenko, la pedagoga Hanna Romanova y la coordinadora Nataliia Andrushchenko vieron que se requerían métodos especiales para que las personas con profundas heridas emocionales puedan sanar. La formación en Pedagogía de Emergencia de los Amigos del Arte de Educar fue para ellas una respuesta y una inspiración al mismo tiempo y les llevó a fundar su organización «SviTy», que en español significa «El mundo y tú», así como a abrir un centro de protección infantil en la ciudad de Pokrov, ubicada muy cerca del frente de guerra. A finales de agosto, nuestros colegas Fabian Krämer y Kseniya Karman Samet visitaron al equipo in situ para ver y experimentar personalmente lo que significa realizar un trabajo desde la pedagogía de emergencia y pedagogía del trauma bajo permanente tensión y amenaza. Nos cuentan sus sensaciones:

Una niña de Pokrov participa en actividades pedagógicas de emergencia y se muestra muy contenta.

Cuando llegamos a Pokrov, los empleados de nuestra organización asociada SviTy nos recibieron cordialmente. Cuando nos sentamos todos juntos, comenzó a sonar la alarma aérea. Esto ya es habitual y no provoca pánico a nadie aquí. Sin embargo, para nosotros, una visita a Ucrania implica un alto nivel de precauciones de seguridad, mucho más que en otras intervenciones de pedagogía de emergencia. Por ejemplo: debimos diseñar tres rutas de evacuación para poder abandonar la región en caso de emergencia. En una vista rápida a las fuentes de información estatales durante la alarma, vimos que el peligro afectaba a toda la zona circundante, pero no directamente a la ciudad de Pokrov. Sin embargo, las sirenas seguían siendo un recordatorio constante del peligro permanente del frente,  solo a unos kilómetros de distancia. 

Con su proyecto, el equipo de SviTy lleva a cabo distintas propuestas desde la pedagogía de emergencia y pedagogía del trauma a las escuelas y jardines infantiles del distrito de Nikopol, una región de Ucrania que se encuentra bajo ataque constante. Aquí, los niños y las niñas sufren especialmente las consecuencias de la guerra: desplazamientos forzados, pérdidas, sirenas constantes y peligro permanente, todo ello se ha convertido en una fuente de estrés crónico y provoca una acumulación de trastornos psíquicos. La pedagogía de emergencia aquí es una necesidad urgente. 

La alarma aérea es uno de los mayores retos para los niños. La escuela y las actividades de pedagogía de emergencia y pedagogía del trauma con frecuencia deben interrumpirse y los niños deben trasladarse a los refugios: «Los refugios dan mucho miedo a los niños, especialmente a los más pequeños», cuenta Hanna.  Cuando acompañamos al equipo a una escuela, los alumnos estaban saliendo del refugio antiaéreo,  después de finalizar la alarma. Echamos un vistazo al refugio: es seguro, respecto de la protección física, pero su aspecto es opresivo y agobiante. Aquí los alumnos suelen permanecer durante horas; nos cuesta imaginar cómo se puede fomentar en este espacio la concentración, el desarrollo y la alegría. El equipo de SviTy comenzó a transformar el miedo de los niños, cuenta Alona: «Cuando fuimos al refugio, empezamos a cantar una canción sobre el búnker que habíamos compuesto nosotros mismos para quitarles el miedo a los niños. Los niños la acogieron con entusiasmo, corrían al ritmo de la música, reían y los que antes lloraban dejaron de hacerlo. Los profesores dicen que ahora utilizan este método con regularidad». 

 Las instalaciones de SviTy están rodeadas de un ambiente positivo gracias a su decoración colorida y creativa y la calidez del equipo, lo que contrasta fuertemente con la realidad de una vida en medio de la guerra. Durante nuestra visita, los niños corrían entusiasmados hacia Alona, Hanna y Nataliia. Muchos de los niños del barrio son refugiados internos procedentes de zonas que ya han sido tomadas por las tropas rusas. Mientras se realizaban las actividades, pudimos observar con cuánta alegría se llevan a cabo las propuestas y con cuánta gratitud se aceptan. En los cuestionarios en los que los niños marcan su estado de ánimo antes y después de las actividades, un niño escribe el número 10 000 en la escala del 1 al 10 para «cómo te has sentido después de las actividades». Lo que nos llamó la atención de inmediato es que el equipo se complementa muy bien, cada una de las tres mujeres aporta sus propias cualidades. «Nos ha unido el deseo de ayudar a las personas». Alona, Hanna y Nataliia se comparan en broma con los cuatro elementos: ellas representan el fuego, el agua y la tierra, mientras que la pedagogía de emergencia es el cuarto elemento, el aire. «La pedagogía de emergencia nos da la fuerza y la dirección que nos impulsa hoy en día», dice Nataliia. 

Al cabo de unos meses, el equipo pudo observar avances en muchos niños y profesores: los alumnos que antes lloraban durante las sesiones aprendieron a reconocer, nombrar y regular sus emociones. Pudieron participar más activamente en las actividades, su estado de ánimo mejoró y también comenzaron a comunicarse más. Los profesores, a su vez,  participaban cada vez más en las actividades y mostraban un interés creciente por el aprendizaje. «Hemos visto cómo cambian los niños», dice Alona. «Los que al principio estaban callados o no querían participar, empezaron a jugar con los demás. Algunos niños con problemas de desarrollo se fueron abriendo poco a poco y demostraron que podían participar en las actividades a la par de sus compañeros». 

Estar de viaje con el equipo también significa experimentar el día a día de los participantes durante la visita: a Alona y Hanna, por ejemplo, les gusta cantar en el coche de camino a las escuelas más lejanas, lo que también es una estrategia para combatir el miedo: «Una vez, en el viaje de vuelta, oímos fuertes explosiones muy cerca de la carretera», recuerda Nataliia. «Nos asustamos y aceleramos el coche. Durante unos segundos solo sentimos conmoción y miedo. Gracias a los métodos de la pedagogía de emergencia, pudimos recuperar el equilibrio. Empecé a cantar, los demás se unieron a mí y, un minuto después, cuando comprendimos lo que había pasado, nos reímos con ganas». Por suerte, hasta ahora solo han tenido pocas experiencias de este tipo.  

A pesar del peligro permanente, el equipo cree firmemente que un espacio en el cual niños y niñas sientan alegría, los adultos encuentren alivio y la comunidad reciba apoyo es una parte esencial de la reconstrucción social. «Seguimos transmitiendo con perseverancia los valores de la pedagogía de emergencia», afirman las mujeres, «porque vemos cómo los niños/as cambian a través de esto. Y sabemos que eso también cambia el futuro».

Fabian Krämer y Kseniya Karman Samet

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