Siempre contamos acerca de nuestras actividades y proyectos desde la pedagogía de emergencia y buscamos describir también las complejas situaciones que estos contextos implican, en los cuales nuestros/as colegas trabajan mundialmente. En Ucrania, por ejemplo, las capacitaciones son frecuentemente interrumpidas por las alarmas de ataques aéreos o deben llevarse a cabo en los búnkeres. En Gaza hay una constante sensación de incertidumbre y temor por los enfrentamientos, algo que se volvió omnipresente también entre los pedagogos/as locales. En Myanmar, en la región de Sagaing, muchos edificios resultaron destruidos por el terremoto, de modo que nuestros/as colegas locales se ven obligados a trabajar en construcciones provisorias o en garajes. A pesar de todas las dificultades intentan, por todos los medios posibles, conformar un espacio de seguridad para los niños. Quieren brindarles todas las oportunidades para realizar actividades artísticas o de pedagogía vivencial, para ir integrando los frecuentes hechos traumáticos y realizar una tarea conjunta.
Pero ¿cómo logran nuestros/as colegas ocuparse de ellos mismos y así poder continuar teniendo fuerza, para enfrentarse a estas situaciones extremadamente difíciles como la guerra, las catástrofes naturales y las propias pérdidas de seres queridos, de manera que puedan continuar acompañando a niños/as, jóvenes y también a otros adultos? ¿Cómo logran proteger sus fuerzas interiores?
Los recursos internos para superar lo vivido siempre son individuales. Incluso eso se ve influenciado por factores culturales. Pero siempre, allí donde hay una mejor comprensión de lo sucedido, surgen nuevas posibilidades de enfrentar lo vivido y sus efectos. Türkü, maestra Waldorf y actual participante de la formación de pedagogía de emergencia y del trauma en Turquía, comparte su aprendizaje, acerca de cómo lo externo se convirtió en su percepción prioritaria y con ello el stress se convirtió en un compañero permanente: “Esto me hubiera llevado a un Burnout. Pero para mí era claro que debía cuidarme, desarrollar autocompasión y escuchar mi voz interior. Así puedo fortalecer mi resiliencia física y anímica, como también mi equilibrio interior. “
Colegas de México y Colombia respondieron a la pregunta por el autocuidado, en la que describieron concretamente, cómo incorporan esto por medio de sus círculos de la mañana y la noche, involucrándolo con los ritmos del día y utilizando este marco como un lugar de encuentro. “En nuestro equipo el autocuidado no es un trabajo individual, nos cuidamos mutuamente. Durante los círculos de la mañana y la noche, nos reunimos con el equipo conformando un sistema de apoyo mutuo, brindando ayuda y seguridad, sosteniendo conversaciones abiertas, donde compartimos muchas risas y reflexiones. Así logramos espacios para una conexión verdadera, apoyo emocional y crecimiento conjunto. Porque: quien puede cuidarse a sí mismo, puede también estar para otros con más alegría y presencia “.
Las colegas de Ucrania y el Líbano también sienten los efectos positivos del ritmo, la estructura y el autocuidado. Cuando estalló la guerra entre el Líbano e Israel, en septiembre del 2024, los/as colegas locales nos decían que estaban agradecidos de saber que podían hacer algo. También los conocimientos adquiridos en torno al taller con el tema “trauma y lo que entonces necesitan los niños “, les ayudó a percibir de una manera totalmente distinta lo vivido, comparado con el 2006, cuando aún no contaban localmente con formaciones sobre pedagogía de emergencia y pedagogía del trauma.
En las últimas semanas hubo duros ataques en Ucrania, los más duros desde el comienzo de la guerra. Incluso en la ciudad de Kiev, el 4 de julio. Nuestras colegas locales nos compartieron cómo el trabajo, la estructura y ritmo que se conforma les ayudó a sortear el día a día. También la comunidad y los momentos en la naturaleza constituyen para ellas importantes fuentes de energía, que les brindan bienestar.
La combinación de vivencias de la naturaleza y el compartir en comunidad, fortalecen al cuerpo y al alma. Permiten un autocuidado, que no permanece aislado, sino que se lleva adelante comunitariamente, de manera silenciosa, potente, humana.
Un grupo de participantes de la formación se reunieron en la zona occidental de Ucrania, que en comparación es un poco más segura, a fin de realizar un bloque de la formación. Usaron un día libre para salir a explorar en la naturaleza en conjunto. Se trataba de mucho más que de tomar aire fresco y moverse: compartieron risas, cantos, conversaciones y cuidado mutuo.
Cuando el terreno se ponía complicado, unos a otros se daban la mano, tanto en sentido literal como simbólico. En la conexión con la naturaleza y en la vivencia de una comunidad que acompaña, surgió un profundo sentimiento de alegría, alivio y fortaleza interior. El autocuidado se mostró aquí no como una práctica meramente individual, sino como proceso comunitario, llevado con confianza, entrega y la disposición de apoyarse mutuamente en tiempos difíciles. Los/as participantes regresaron fortalecidos por esta experiencia para afrontar los desafíos de sus contexto laborales y vitales en toda Ucrania, sabiendo que la comunidad los/as sostiene.
Una colega cuenta acerca de la profunda crisis en la que cayó luego de haber huido de Gaza. Aunque se encontraba físicamente segura, colapsó interiormente. Estaba superada por sus sentimientos de vergüenza y culpa, porque no estaba con sus seres queridos en Gaza, ya no podía ayudarlos y ella misma contaba con muchas posibilidades. El arte le ayudó a volver a adquirir una calma interior y le dio fuerza para lidiar mejor con su pasado y su presente.
Hay una vasta literatura acerca de la implicancia del arte y su múltiple capacidad de enriquecer nuestra existencia. El neurólogo y psiquiatra austríaco, Viktor Frankl, que sobrevivió a varios campos de concentración en la segunda guerra mundial, describe en su libro “A pesar de todo, decír SI a la vida“, cómo el arte puede ayudar a experimentar el sentido de la vida y ser fortalecido interiormente, especialmente en los momentos difíciles.
El arte es además una fuente de energía a partir de la cual podemos crear. ¿Pero cómo puedo integrar eso en mi vida, cuando alrededor mío nada es como era, si me encuentro por ejemplo en la guerra?
Muchas veces no se trata de grandes acciones, sino de pequeños pasos. Una participante de un taller en Ucrania habló de una iniciativa con el nombre “La voz del alma “, en la que mujeres de la ciudad en la que ella vive se reúnen para cantar canciones tradicionales. Encuentran en ello alivio, alegría y fortaleza, para cuidarse a sí mismas. La música les da la posibilidad de “cargar las baterías interiores “.
Una colega de Myanmar comenta acerca de su huida y todo el sufrimiento que la había llevado a huir, en el contexto de una constante amenaza de guerra civil con el agravante de la compleja situación del país luego del terremoto. Una y otra vez insiste en lo importante que es para ella no perder el humor. Sobre todo, reírse le ayudó. De hecho, Nelson Mandela escribió en sus memorias acerca de la importancia de la alegría para la supervivencia durante el largo período en el que estuvo preso. El humor es entonces una posibilidad de conectarse con uno mismo, como también como proceso fisiológico de relajación corporal. Frankl escribe en otros textos acerca de cómo el humor le ayudó para lograr una distancia con su dolor, cómo eso le posibilitó una libertad interior y se convirtió en un elemento fundamental de su fuerza de resistencia espiritual.
En todos los encuentros con colegas de los diferentes países y situaciones, nos topamos con la frase “gracias, por no habernos olvidado”. Allí, donde hay un encuentro sincero y se puede percibir una verdadera empatía, se abre un espacio de sanación. Podemos compartir saber y experiencias sobre el concepto de autocuidado, pero la mayoría de las veces solamente requiere un “golpear la puerta”. La mayoría de los y las colegas cuentan con muchos recursos propios, para reconocerlo y asumirlo. En una visita al proyecto en el campo de refugiados de Kakuma en Kenia se evidenció rápidamente que, para los colegas locales, el abordaje de la pregunta por el autocuidado les es ajena, en la forma conceptual en la que la comprendemos nosotros. Pero no lo eran las acciones concretas para brindarse bienestar a ellos mismos. Una colaboradora, que también había vivido una huida lo describe así: “el trabajo con los niños es como medicina para mí. “
Tal vez no fueron mencionados o descritos los recursos de muchos/as colegas que tienen sus prácticas religiosas o espirituales. También éstas acompañan a muchos/as de nuestros/as colegas en el mundo. El verdadero autocuidado comienza entonces siempre ahí, donde yo logro desarrollar un verdadero interés por mí mismo y por medio de ello puede formarse también un genuino interés por el otro.
Fiona Bay

